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nydus/The Tale of GenjiPublic
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Capítulo IV Yūgao

alero». Estaba muy mal escrito, con toda clase de trazos y florituras ornamentales pero confusas; de hecho, con una completa falta de estilo. Con todo, sirvió para recordarle el rostro que había visto por primera vez aquella tarde a la luz de la lámpara. En cuanto a la otra, que en aquella ocasión se habia sentado tan tiesa frente a ella, ¡qué determinación había habido en su rostro, qué firme resolución de no dar

El idilio con la dama de la junca fue tan fortuito y tan insignificante que, aunque lo consideraba bastante frívolo e indiscreto, no vio en él gran mal. Pero si no se ponía en orden a sí mismo antes de que fuera demasiado tarde, pronto volvería a verse envuelto en algún enredo que podría acabar por arruinar su reputación.

El día cuarenta y nueve después de la muerte de Yūgao se celebró por sus órdenes, en secreto, un servicio en su memoria en el Hokedō, en el monte Hiyei. El ritual oficiado fue de la más esmerada índole; todo lo necesario fue provisto de los propios almacenes del príncipe, y hasta la decoración de los libros litúrgicos y de las imágenes se llevó a cabo con el máximo esmero.

El hermano de Koremitsu, un hombre de gran piedad, fue el encargado de dirigir la ceremonia, y todo salió a la perfección. Después, Genji mandó llamar a su viejo maestro de caligrafía, un doctor en letras a quien profesaba gran cariño, y le ordenó que escribiera la oración por los difuntos.62

«Di que encomiendo a Amida el Buda a una mujer sin nombre a quien amé, pero perdí trágicamente», y redactó un borrador para que el sabio lo corrigiera. «No hay nada que añadir ni que alterar», dijo el maestro, profundamente conmovido. ¿Quién sería, se preguntaba, ante cuya muerte el príncipe estaba tan afligido? (Pues Genji, por mucho que lo intentaba, no podía contener las lágrimas).

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