veces Genji era motivo de consuelo y deleite, lo contemplaba en una ocasión como esta. Fujitsubo, al permitirse mirar en su dirección, se maravillaba de que incluso Kōkiden pudiera encontrar en su corazón motivos para odiarlo. > «Es porque me quiere; no puede haber otra razón», decidió por fin, y el verso «Si fuera yo una simple mortal que ahora contempla la hermosura de esta flor, de sus dulces pétalos no retendría por mucho tiempo el rocío del amor», se formó en sus labios, aunque no se atrevió a pronunciarlo en voz
Era ya muy tarde y el banquete había terminado. Los invitados se habían dispersado. La Emperatriz y el Heredero al Trono habían regresado a Palacio; todo estaba en calma. La luna se había levantado muy brillante y despejada, y Genji, acalorado por el vino, no soportaba la idea de abandonar un escenario tan hermoso. La gente en Palacio probablemente yacía sumida en un profundo sueño. En una noche así no era imposible que alguna persona descuidada hubiera dejado alguna puerta sin trancar, alguna contraventana sin cerrojo. Con cautela y sigilo, se arrastró hacia los aposentos de Fujitsubo y los inspeccionó. Todos los cerrojos estaban echados. Suspiró; allí, evidentemente, no había nada que hacer. Pasaba por la galería del palacio de Kōkiden cuando advirtió que las contraventuras del tercer arco no estaban cerradas. Tras el banquete, la propia Kōkiden se había dirigido directamente a las habitaciones del Emperador. No parecía haber nadie por los alrededores. Una puerta que comunicaba la galería con el interior de la casa estaba abierta, pero no se oía ningún sonido dentro.