una de ellas abrió la ventana corredera. Pero Ki no Kami, gritando «¿En qué estáis pensando?», la cerró de nuevo con gesto enfadado. La luz de una vela en la estancia sefiltraba a través de una grieta en la ventana de papel. Genji se acercó un poco más a la ventana con la esperanza de poder mirar por la rendija, pero descubrió que no podía ver nada. Escuchó durante un rato y llegó a la conclusión de que estaban sentadas en los aposentos principales de las mujeres, a los que se habría integrado la pequeña habitación delantera. Hablaban muy bajito, pero logró captar lo suficiente como para comprender que estaban hablando de él.
«¡Qué lástima que un noble y joven príncipe se vea arrebatado tan pronto y encasillado para siempre con una dama que no fue de su elección!».
—Comprendo que el matrimonio no le pesa demasiado —dijo otra. Esto probablemente no significaba nada en particular, pero Genji, que imaginaba que estaban hablando de lo que ocupaba su propio pensamiento, se aterrorizó ante la idea de que sus relaciones con la dama Fujitsubo estuvieran a punto de ser debatidas. ¿Cómo se habrían enterado?
Pero la posterior conversación de las damas demostró pronto que no sabían absolutamente nada del asunto, y Genji dejó de escuchar. Poco después las oyó intentar repetir el poema que él había enviado con un ramillete de campanillas a la princesa Asagao, hija del príncipe Momozono.34 Pero mezclaron bastante los versos, y Genji comenzó a preguntarse si el aspecto de la dama estaría a la altura de su conocimiento de la prosodia.
En ese momento entró Ki no Kami con una lámpara que colgó en la pared. Tras pábilo con cuidado, ofreció a Genji una bandeja de fruta.