Durante gran parte de la mañana Genji estuvo ocupado con su cura. Cuando al fin terminó la ceremonia, sus servidores, temiendo la hora en la que solía regresar la fiebre, se esforzaron por distraer su atención llevándole un poco más allá, monte arriba, hasta un punto desde el que se podía ver la Capital.
«Qué encantadoras —exclamó Genji— son esas lejanías medio perdidas en la bruma y ese
difuminado
de bosques titilantes que se extiende por todas partes. ¿Cómo podría alguien ser infeliz ni un solo instante si viviera en un lugar así?»
«Esto no es nada —dijo uno de sus hombres—. Si pudiera mostrarle tan solo los lagos y montañas de otras provincias, pronto vería cuánto superan a todo lo que aquí admira»; y comenzó a hablarle primero del monte Fuji y de muchos otros picos famosos, y luego de la Región del Oeste con todas sus agradables bahías y costas, hasta que olvidó por completo que era la hora de su fiebre.
—Allí, más cerca de nosotros —prosiguió el hombre, señalando hacia el mar—, está la bahía de Akashi, en Harima. Fíjate bien en ella; pues aunque no es un lugar precisamente apartado, la sensación que uno tiene allí de estar aislado de todo salvo de un inmenso páramo de mar la convierte en el rincón más extrañamente desolado que conozco. Y es allí donde la hija de un monje laico que antaño fue gobernador de la provincia preside una mansión de una magnificencia tan desproporcionada como inesperada. Él es descendiente de un Primer Ministro y se esperaba que figurara con distinción en el mundo. Pero es un hombre de carácter muy singular y es adverso a toda compañía. Durante un tiempo fue oficial de la Guardia del Palacio, pero lo dejó y aceptó la provincia de Harima. Sin embargo, pronto se enemistó con los