«No hay nadie como ella», pensaba, y tenía el corazón repleto. La conversación, en verdad, no los había llevado a una conclusión definitiva, pero había dado pie a muchas anécdotas y reflexiones curiosas. Así pasaron la noche y al fin, para sorpresa de todos, el tiempo había mejorado. Tras esta larga estancia en el Palacio, Genji sabía que se esperaba su presencia en el Gran Salón y partió de inmediato. Había en el porte y el atuendo de la princesa Aoi una precisión digna que tenía algo incluso de rigidez; y en el preciso momento de reflexionar que ella, por encima de todas las mujeres, era el arquetipo de esa esposa fiel y entregada a la que (como sus amigos habían dicho la noche anterior) ningún hombre sensato ofendería a la ligera, se descubrió oprimido por la absoluta perfección de su belleza, que parecía no hacer más que volver aún más imposible toda intimidad con
Se volvió hacia lady Chūnagon, hacia Nakatsukasa y otras damas de menor rango que estaban cerca y se puso a bromear con ellas.
El día era ya muy caluroso, pero a ellas les parecía que las mejillas encendidas le sentaban muy bien al príncipe Genji.
El padre de Aoi llegó y, de pie tras la cortina, comenzó a conversar con mucha amabilidad.
Genji, que consideraba que hacía demasiado calor para recibir visitas, frunció el ceño, ante lo cual las damas de compañía se echaron a reír disimuladamente.
Genji, haciéndoles furiosas señas para que se callaran, se arrojó sobre un diván.
De hecho, se portó bastante mal.