—Bien mirado —dijo Uma no Kami—, amiga mía, aunque la echo de menos ahora que se ha ido, fue una triste plaga para mí mientras la tuve, y hemos de admitir que una mujer así acaba por hacernos desear habernos librado bien de ella.
La citarista tenía mucho talento en su haber, pero era demasiado frívola. Y vuestra dama tímida, Tō no Chūjō, me parece un caso muy sospechoso.
El mundo parece estar hecho de tal manera que al final siempre nos costará tomar una decisión razonada; a pesar de todas nuestras elecciones, cribas y comparaciones, nunca lograremos encontrar a esta mujer adorable e impecable en todos los sentidos y hasta las últimas consecuencias.
«Solo puedo sugerir a la Diosa Kichijō»,27 dijo Tō no Chūjō, «y temo que la intimidad con un ser tan sagrado y majestuoso resulte impracticable».
Ante esto todos rieron y Tō no Chūjō continuó: «Pero ahora le toca el turno a Shikibu y seguro que nos contará algo entretenido. ¡Vamos, Shikibu, que no decaiga!». «A la gente humilde como yo nunca le pasa nada de interés», dijo Shikibu; pero Tō no Chūjō lo reconvino por hacerlos esperar y, tras reflexionar un momento sobre qué anécdota se ajustaría mejor a la compañía, comenzó: «Mientras aún era estudiante en la Universidad, me topé con una mujer que era verdaderamente un prodigio de inteligencia. Sin duda cumplía con una de las exigencias de Uma no Kami, pues era posible debatir con ella ventajosamente tanto sobre asuntos públicos como sobre la gestión adecuada de los propios asuntos privados. Pero su mente no solo era capaz de lidiar con cualquier problema de esta índole; también era tan culta que los eruditos corrientes se veían a sí mismos, para su humillación, completamente incapaces de estar a su altura frente a ella».