—Ay, me temo que no merece la pena que vengas a escucharla —dijo Myōbu. —Eres muy desanimador —respondió él—, pero a pesar de todo me esconderé allí una de estas noches, cuando la luna llena esté tras las nubes, para escucharla tocar; y tú vendrás conmigo.
No le hizo mucha gracia; pero justo entonces, incluso sobre el ajetreado Palacio, pareció haberse instalado una quietud propia de la primavera y, al encontrarse completamente desocupada, accedió a acompañarle.
La casa de su padre quedaba a cierta distancia de la ciudad y, por comodidad, a veces él se hospedaba en el palacio del príncipe Hitachi. Myōbo se llevaba mal con su madrastra y, habiéndole tomado afición a las solitarias dependencias de la princesa, guardaba allí una habitación.
Fue en verdad en la noche posterior a la luna llena, bajo una luz velada tal como Genji había mencionado, cuando visitaron el palacio de Hitachi.
—Me temo —dijo Myōbu— que no es una noche muy propicia para escuchar música; los sonidos no parecen propagarse muy bien.
Pero él no se dejó disuadir tan fácilmente.
—Ve a su habitación —dijo— y persuádela para que toque unas cuantas notas; sería una pena que me fuera sin haberla oído en absoluto.
A Myōbu le daba un poco de vergüenza dejarlo así en su pequeña y privada habitación. Encontró a la princesa sentada junto a la ventana, con los alerones aún sin cerrar para la noche; estaba disfrutando del aroma de un ciruelo en flor que se encontraba en el jardín de enfrente. En verdad parecía el momento oportuno. > «Pensé qué hermoso sonarían tus acordes en una noche como esta —dijo—, y no pude resistirme a venir a