nombre. Pero la dama ofensora era una mujer muy pagada de su dignidad y estaba decidida a comportarse como si nada de importancia hubiera sucedido en el Palacio.
Y ahora la luna se había puesto. El Emperador pensó en la madre de la muchacha en la casa entre los matorrales y se preguntó, componiendo un poema con ese pensamiento, con qué sentimientos habría observado el hundimiento de la luna de otoño:
«pues aun nosotros, los Hombres por encima de las Nubes, llorábamos al verla hundirse».
Alzó las antorchas bien alto en sus soporte y siguió desvelado. Pero al fin oyó voces que venían desde la Casa de Guardia de la Derecha y supo que la hora del Buey9 había dado. Entonces, temiendo ser visto, se retiró a sus aposentos.
Comprobó que no podía dormir y se levantó antes del alba. Mas, como si recordara las palabras «no sabía que la aurora estaba en su ventana» del poema de Ise,10 prestó escasa atención a los asuntos de su Audiencia Matutina, apenas probó su arroz seco y parecía apenas advertir los manjares de la gran Mesa, de modo que los cortadores y servidores gemían al ver el apuro de su Señor; y todos sus criados, tanto hombres como mujeres, no cesaban de susurrarse los unos a los otros: «¡En qué ocupación tan insensata se ha convertido la nuestra!», y suponían que estaba cumpliendo algún voto extravagante.
A pesar de los murmullos de sus súbditos, él permitía continuamente que su mente se desvía de los asuntos de estos hacia los suyos propios, de modo que el escándalo de su negligencia era ahora tan peligroso para el Estado como lo había sido antes, y de nuevo comenzaron a oírse referencias susurradas sobre cierto emperador de otra tierra. Así pasaron los meses y los días, y al fin el joven príncipe llegó a la Corte. Había crecido hasta convertirse en un niño de una belleza sin rival y el