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nydus/The Tale of GenjiPublic
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Capítulo V Murasaki

La noche casi tocaba a su fin. En una ermita cercana se practicaban las Cuatro Meditaciones de la Flor de la Ley. Las voces de los oficiantes que entonaban en ese momento las Letanías de la Expiación flotaban arrastradas por el viento racheado de la montaña, y con este sonido solemne se mezclaba el rugido de las aguas impetuosas.

«Despertado de mi sueño por una ráfaga errante del vendaval de la montaña, escuché la cascada y ante la belleza de su música lloré».

Así saludó Genji al sacerdote; y este a su vez respondió con el poema:

«Ante el ruido de un torrente en el que a diario lleno mi cuenco es poco probable que retroceda con asombro y delicia».

—Me he acostumbrado tanto —añadió a modo de disculpa.

Una intensa neblina cubría el cielo matutino, y hasta el chirrido de los pájaros de la montaña sonaba apagado y tenue.

Tal variedad de flores y árboles en flor (él no sabía sus nombres) crecía en la ladera, que las rocas parecían estar cubiertas de un bordado multicolor.

Por encima de todo, se maravillaba ante el exquisito andar de los ciervos que se desplazaban por la pendiente, ora pisando con delicadeza, ora deteniéndose de repente; y mientras los observaba, los últimos vestigios de su enfermedad se disiparon por pura delicia.

Aunque al ermitaño apenas le respondían las extremidades, se las ingenió como pudo para ejecutar los místicos movimientos del Hechizo Protector,66 y aunque su voz anciana era ronca y temblorosa, leyó el texto sagrado con gran dignidad y fervor.

Varios de los amigos de Genji llegaron entonces para felicitarlo por su recuperación, entre ellos un mensajero de Palacio.

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