«No hagas nada por el estilo —contestó Genji—; he venido aquí porque no deseo ser molestado. Nadie más que tú debe saber que he utilizado esta casa», y le exigió la promesa de un secreto absoluto. No se había preparado ninguna comida formal, pero el mayordomo les trajo un poco de gachas de arroz. Después volvieron a acostarse para dormir juntos por primera vez en aquel lugar desconocido y tan extrañamente diferente.
El sol ya estaba alto cuando se despertaron. Genji fue y abrió los contraventores él mismo. ¡Qué desierto se veía el jardín! Ciertamente allí no había nadie para espiarlos.
Miró hacia la distancia: bosques densos que rápidamente se convertían en selva. Y más cerca de la casa ni una flor o arbusto, sino únicamente descuidados herbazales otoñales y un estanque ahogado por las malas hierbas. Era un lugar agreste y desolado. Daba la impresión de que el administrador y sus hombres debían de vivir en alguna dependencia o cabaña alejada de la casa; pues aquí no había rastro ni sonido de vida.
«Debo confesar que es un lugar extraño y abandonado al que hemos venido. Pero ningún fantasma o hada maligna se atreverá a molestarte mientras yo esté aquí».
Le dolía muchísimo que él todavía llevara máscara;51 y en verdad semejante precaución estaba totalmente fuera de lugar en la etapa a la que habían llegado ahora. Así que al fin, recitando un poema en el que le recordaba que todo su amor hasta este momento en que «la flor abrió sus pétalos al rocío de la tarde» había surgido de una visión casual vista por azar desde la calle, apartando un poco el rostro, por un momento dejó que ella lo viera sin máscara.