reconocida y (según estaba convencida) deliberadamente insultada. El soporte de las varas y otras partes de su carruaje también sufrieron daños y se vio obligada a apoyarlo contra las ruedas del carruaje de una plebeya. ¿Por qué, se preguntaba en vano, había acudido entre estas odiosas muchedumbres? Se iría a casa de inmediato. ¿Qué sentido tenía esperar a que pasara la procesión? Pero cuando intentó marchar, descubrió que era imposible abrirse paso entre las densas multitudes. Todavía estaba luchando por escapar cuando se oyó el grito de que la procesión estaba a la vista. Su resolución flaqueó. Esperaría hasta que Genji pasara. Él no la vio. ¿Cómo iba a hacerlo, si las multitudes centelleaban a su lado como las imágenes huidizas que una corriente atrapa y deshace? Se dio cuenta de esto, pero su desilusión no fue menor por ello.
Los carruajes que flanqueaban el recorrido, engalanados y coronados de guirnaldas para este gran día, iban rebosantes de damas entusiasmadas que, aunque no había sitio para ellas, no quisieron consentir en quedarse atrás. Asomándose furtivamente bajo las persianas de sus carrozas, sonreían a los altos personajes que pasaban sin importarles en absoluto si sus saludos eran correspondidos. Pero de vez en cuando una sonrisa se veía recompensada con una rápida mirada o un giro de cabeza hacia atrás. El séquito de Aoi era numeroso y llamativo. Él dio media vuelta al pasar y saludó a los suyos con atención. Jinete tras jinete, a medida que avanzaba la procesión, se detenían ante el carruaje de Aoi y la saludaban con la más profunda reverencia. La humillación de presenciar todo aquello desde un rincón oscuro era más de lo que Rokujō podía soportar, y murmurando los versos