agrado. Era tan buena intérprete que a menudo la llamaban para tocar con los músicos profesionales en la orquesta imperial. Casualmente, en ese momento se encontraba algo abatida y descontenta, y en tal estado de ánimo tocaba con aún mayor sentimiento y brío. Cantaba la «Canción del cultivador de melones»110; de manera admirable, pensó, a pesar de lo inadecuado que era para su edad. Así debió de sonar la voz de la misteriosa dama de O-chou en los oídos de Po Chü-i cuando la oyó cantar en su barca por la noche111; y se quedó escuchando. Al terminar la canción, la intérprete suspiró profundamente como si estuviera agotada por la apasionada vehemencia de su serenata. Genji se acercó tarareando suavemente el «Azumaya»: > «Aquí, en el pórtico de la casa oriental, la lluvia me salpica mientras espero. Ven, amada mía, abre la puerta y déjame entrar». Inmediatamente, y de verdad con una prisa indecorosa, ella respondió tal como lo hace la dama en la canción: «Abre la puerta y entra»112, añadiendo el verso: > «En el amplio refugio de ese pórtico a ningún hombre le ha salpicado jamás la lluvia», y de nuevo suspiró de manera tan agorera que, aunque no suponía en absoluto que él fuera la única causa de tal manifestación, sintió en cualquier caso que era algo exagerada y respondió con el poema: > «Tus suspiros muestran claramente que, a pesar de la canción, eres de otro, y yo, por mi parte, no tengo intención de rondar las galerías de tu casa oriental». Con mucho gusto habría seguido su camino, pero sintió que eso sería demasiado grosero y, al ver que otra persona se acercaba
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Capítulo VII El Festival de las Hojas Rojas
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