respetado en el mundo secular, y Genji sentía que no era nada apropiado recibirlo con la ropa vieja y raída que había usado para su disfraz. Tras dar algunos detalles de su vida desde que había abandonado la Capital y venido a vivir retirado a esta montaña, el sacerdote le rogó a Genji que lo acompañara a visitar el manantial frío que brotaba en el jardín de su choza.
He aquí la ocasión de volver a ver a la gente que tanto le había interesado.
Pero la idea de todas las historias que el viejo sacerdote podría haberles contado sobre él le hizo sentirse bastante incómodo.
¿Qué importaba?
A toda costa tenía que volver a ver a aquella encantadora criatura y siguió al viejo sacerdote de regreso a su choza.
En el jardín, la vegetación natural de la ladera había sido aprovechada con habilidad.
No había luna, y se habían encendido antorchas a lo largo de los lados del foso, mientras que farolillos venecianos colgaban de los árboles.
El salón delantero estaba muy bien dispuesto. Un intenso perfume de aromas costosos y exóticos emanaba de incensarios ocultos y llenaba la estancia con una fragancia deliciosa. Estos perfumes le resultaban del todo ajenos a Genji, quien supuso que debían haber sido preparados por las damas de la habitación interior, las cuales parecían haber empleado un ingenio considerable en tal tarea.
El sacerdote comenzó a contar historias sobre la incertidumbre de esta vida y las retribuciones de la venidera. Genji se estremeció al pensar cuán graves debían de ser ya sus propios pecados. Bastante malo era tenerlos