criada enteramente por otra persona, no tiene más motivo para importarle él que yo. Y aunque hace tan poco tiempo que la conozco, sin duda le tengo mucho más cariño del que su padre jamás podrá tenerle». Dicho esto, le acarició el cabello a la niña y luego, a regañadientes y mirando hacia atrás una y otra vez, salió de la
Había ahora una densa niebla blanca, y la escarcha cubría gruesa la hierba. De repente se descubrió deseando que aquello fuera un verdadero romance, y se sintió muy deprimido. Se le ocurrió que de camino a casa pasaría por cierta casa que antaño había frecuentado con familiaridad.
Llamó a la puerta, pero nadie respondió. Entonces ordenó a uno de sus sirvientes, que tenía buena voz, que recitara los siguientes versos:
«Aunque la niebla matutina mantenga todo el mundo tan oscuro como la noche junto a la puerta de mi hermana, no pude dejar de detenerme».
Cuando esto hubo sido cantado dos veces, la dama mandó a la puerta a un criado impertinente y presumido, quien, tras recitar el poema
«Si te disgustaba el seto de niebla que circunda este lugar, una puerta de mimbre ajada no te tendría de pie en la calle»,
volvió inmediatamente a entrar en la casa. Él esperó; pero nadie más acudió a la puerta y, aunque no estaba de humor para volverse aburridamente a casa dado que ya era pleno día, ¿qué otra cosa podía hacerse?
En su palacio estuvo yacente largo rato, sonriendo para sus adentros con placer al recordar los bonitos dichos y modales de la niña.
Hacia el mediodía se levantó y comenzó a escribirle una carta; pero no hallaba las palabras adecuadas, y tras apartar el pincel muchas veces, decidió por fin enviarle en su lugar unas bonitas imágenes.