El ascenso del nuevo Emperador fue en muchos aspectos desfavorable para la posición de Genji. Su reciente promoción119, además, traía consigo pesadas responsabilidades que interrumpieron tristemente el curso de sus ocultas amistades, por lo que las quejas por abandono o negligencia no tardaron en lloverle desde más de un frente; mientras que, como si el destino quisiera devolverle la jugada, el único ser en la tierra por cuyo amor suspiraba en vano lo había abandonado por completo.
Ahora que el Emperador era libre de vivir como le placía, ella se encontraba más constante que nunca a su lado, y su paz ya no se veía turbada por la presencia de una rival, pues Kōkiden, resentida por el desdén del antiguo Emperador, rara vez abandonaba el palacio de su hijo. Una incesante sucesión de banquetes y festejos, cuya magnificencia se convirtió en tema de conversación en todo el país, contribuyó a animar el retiro del ex-Emperor y, en general, este se mostraba muy satisfecho con su nueva condición.
Su único pesar se debía al Príncipe Heredero120, cuya posición, desprovista del respaldo de cualquier influencia poderosa fuera de palacio, consideraba sumamente precaria. Constantemente comentaba el asunto con Genji, rogándole que se asegurara el apoyo del clan Minamoto. Estas conversaciones solían resultar algo embarazosas, pero le daban a Genji cierta satisfacción en la medida en que le permitían tomar medidas para el bienestar del muchacho.
Entonces ocurrió un acontecimiento inesperado. La hija de la señora Rokujō con su difunto esposo, el príncipe Zembō, fue elegida para ser la nueva virgen vestal en Ise.121 Su madre, quien en el momento en que se anunció por primera vez el nombramiento se encontraba particularmente dolida por el trato que le