su casa desesperado. Fujitsubo, entretanto, temiendo que las continuas visitas de Genji atrajeran la atención, comenzó a sospechar que Ōmyōbu lo alentaba en secreto y dejó de sentir el mismo afecto por ella. No quería que esto se notasen e intentaba tratarla exactamente igual que de costumbre; pero su irritación tenía que delatarse a veces y Ōmyōbu, sintiendo que su señora se había distanciado de ella y sin atinar a encontrar ninguna razón para ello, se
No fue hasta su cuarto mes cuando el niño fue llevado al Palacio. Era grande para su edad y ya había empezado a interesarse mucho por lo que ocurría a su alrededor. El Emperador no advirtió su extraordinario parecido con Genji, pues tenía la idea de que los niños hermosos eran todos muy parecidos a esa edad.
Se encariñó intensamente con el niño y le prodigó toda clase de cuidados y atenciones. Por el propio Genji siempre había sentido una predilección tan grande que, de no ser por la oposición popular, sin duda lo habría nombrado Príncipe Heredero. No haber podido hacerlo lo afligía constantemente. Haber engendrado un hijo tan magnífico y verse obligado a verlo crecer como un simple noble siempre le había resultado irritante.
Ahora, en su vejez, le había nacido un hijo que prometía ser igualmente hermoso y que no tenía la fastidiosa desventaja de una madre plebeya, y en esta perla sin tacha derrochaba todo su afecto. La madre veía pocas posibilidades de que este éxtasis continuara y, durante todo este tiempo, vivió en un estado de angustiada aprehensión.
Un día, tal como solía hacerlo antes, Genji interpretaba música para ella por orden del Emperador, cuando Su Majestad tomó al niño en sus brazos y le dijo a Genji: «He tenido muchos hijos, pero tú eres el único otro con quien me he comportado de este modo. Tal vez sea imaginación mía, pero me parece que este niño es exactamente como eras tú a la