despertado su resentimiento, ella parecía no notar que algo andaba mal, e incluso cuando la neglectaba durante muchas semanas, me trataba como si todavía viniera todos los días. Al final, en verdad, encontré esta disposición a recibirme siempre y como quiera que viniera muy penosa, y decidí en el futuro merecer su extraña confianza.
«Sus padres habían muerto y tal vez por esto, dado que yo era todo cuanto tenía en el mundo, me trataba con tan amorosa mansedumbre, a pesar de los muchos agravios que le hice. Debo confesar que mi resolución no duró mucho, y pronto la descuidaba peor que antes.
Durante este tiempo (no me enteré sino después) alguien que había descubierto nuestra amistad comenzó a enviarle mensajes velados que la asustaban y angustiaban cruelmente. Sin saber nada del apuro en que se encontraba, aunque a menudo pensaba en ella, ni fui ni le escribí durante mucho tiempo.
Justo cuando se hallaba en su peor desesperación nació un niño, y por fin, en su cuitas, arrancó un capullo de la flor que llaman “Hijo de mi Corazón” y me lo envió».
Y en ese momento, los ojos de Tō no Chūjō se llenaron de lágrimas.
—Bien —dijo Genji—, ¿y escribió algún mensaje para acompañarlo? —Oh, nada muy fuera de lo común —dijo Tō no Chūjō—. Escribió: > «Aunque desvencijado sea el seto del montañés, dígnate a veces mirar con bondad la Flor-niña que allí crece con tanta dulzura». Esto me llevó a su lado. Como de costumbre, no me reprochó nada, pero parecía bastante triste, y cuando consideré la lúgubre desolación de este hogar donde cada objeto lucía un aspecto no menos deprimente que las voces quejumbrosas de los grillos en la hierba, me pareció una