LA visita imperial al Patio del Gorrión Rojo debía celebrarse el décimo día del Mes sin Dios. Aquel año sería un espectáculo más magnífico que nunca, y las damas de Palacio estaban muy decepcionadas por no poder asistir.95 El Emperador tampoco soportaba la idea de que Fujitsubo se perdiera el acontecimiento, por lo que decidió celebrar un gran ensayo en Palacio. El príncipe Genji bailó las «Olas del Mar Azul». Tō no Chūjō fue su compañero; mas aunque este, tanto en destreza como en belleza, superaba con creces al común de los bailarines, al lado de Genji parecía un abeto de montaña creciendo junto a un cerezo en flor. Hubo un momento maravilloso en que los rayos del sol poniente cayeron sobre él y la música se volvió de repente más intensa. Nunca los espectadores habían visto unos pies pisar con tanta delicadeza ni una cabeza inclinada con tanta exquisitez; y en el canto que sigue al primer movimiento de la danza, su voz fue tan dulce como la de la Kalavinka96, cuya música es la Ley de Buda. Tan conmovedora y hermosa fue aquella danza que, al terminar, los ojos del Emperador estaban húmedos, y todos los príncipes y grandes señores lloraron abiertamente. Cuando el canto hubo concluido y, alisando las largas mangas de su atuendo de bailarín, se quedó esperando a que la música comenzara de nuevo y por fin resonó la melodía más alegre del segundo movimiento, entonces de veras, con su rostro encendido y ávido, mereció más que nunca el nombre de Genji el Resplandeciente. A la princesa Kōkiden97 no le gustó en absoluto ver que la belleza de su hijastro suscitaba tanto entusiasmo, y dijo con sarcasmo: «Es demasiado
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Capítulo VII El Festival de las Hojas Rojas
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