«Quién es la dueña —dijo—, no he podido averiguarlo; y, por lo general, se esmera mucho en no dejarse ver. Pero más de una vez, en medio del general revuelo, cuando se oyó el ruido de un carruaje que pasaba junto a esa gran hilera de casas de vecindad y todas las criada se asomaban a mirar a la calle, la joven que supongo es la señora de la casa se escurrió junto con ellas. No pude verla con claridad, pero parecía ser muy bonita.
«Un día, al ver que un carruaje con jinetes se acercaba a la casa, una de las criada salió corriendo gritando: “¡Ukon, Ukon, ven pronto a mirar! El carruaje del capitán viene hacia aquí”.
Al instante, una señora de rostro apacible y ya no muy joven salió apresuradamente. “Silencio, silencio”, dijo levantando un dedo en señal de advertencia; “¿cómo sabes que es el capitán? Tendré que ir a ver”, y se escabullió.
Un tipo de puente levadizo y rústico conduce desde el jardín hasta el callejón. En su entusiasmo, la buena señora enganchó en él su falda y, cayendo de bruces, casi rodó hacia la acequia: “¡Qué mal trabajo hizo aquí Su Santidad de Katsuragi46!”, gruñó; pero su curiosidad no pareció mermar en absoluto y se quedó mirando con más ahínco que nunca el carruaje que se acercaba.
El visitante iba vestido con una capa sencilla y ancha. Lo acompañaban asistentes cuyos nombres las criadas, excitadas, iban gritando a medida que se acercaban lo suficiente como para ser reconocidos; y lo curioso es que los nombres eran sin duda los de los mozos y pajes de Tō no Chūjō47».
«Tengo que ver ese carruaje con mis propios ojos», dijo Genji. ¿Y si fuera esta precisamente la dama que el Chūjō, en la época de la conversación de aquella noche lluviosa, desesperaba por volver a encontrar?