fue todo, y fue escrito apresuradamente, pero a Genji, quien durante tanto tiempo no había recibido noticias de ella, le dio tanto placer como la más larga y ingeniosa epístola.
En general es lo inexplorado lo que nos atrae, y Genji solía enamorarse más profundamente de aquellas que menos pie le daban.
La condición ideal para la continuidad de su afecto era que la amada, muy ocupada en otras cosas, le concediera tan solo un favor ocasional. Había una143 que cumplía admirablemente con estas condiciones, pero desafortunadamente su alto rango y su posición conspicua en la sociedad traían consigo demasiadas dificultades materiales.
Pero la pequeña Murasaki era diferente. No había necesidad de educarla bajo este principio. Durante los largos días de su duelo no la había olvidado ni un instante, y sabía que ella debía de sentirse muy aburrida sin él. Sin embargo, él la consideraba simplemente como una niña huérfana de cuyo cuidado se había hecho cargo, y le resultaba un consuelo pensar que al menos allí había alguien a quien podía dejar por un ratito sin preguntarse con ansiedad todo el tiempo si se metería en líos.