Al anochecer llegó Koremitsu. La historia de la impureza de Genji había ahuyentado a todos los visitantes, y Koremitsu encontró su palacio completamente desierto.
«¿Qué ha pasado? —dijo Genji, haciéndole llamar—, ¿estás seguro de que ha muerto?», y sosteniendo la manga ante su rostro, rompió a llorar.
—Todo ha terminado; de eso no hay duda —dijo Koremitsu, también entre lágrimas—; y como no es posible conservar el cuerpo por mucho tiempo, he convenido con un sacerdote anciano muy respetable que es amigo mío para que la ceremonia se celebre mañana, ya que mañana resulta ser un día propicio según el calendario.
—¿Y qué hay de su doncella? —preguntó Genji. —Me temo que no vivirá —dijo Koremitsu—. Grita que debe seguir a su señora y esta mañana, de no haberla retenido, se habría arrojado desde una roca alta. Amenazó con decírselo a los sirvientes de la casa de mi señora, pero