—No temas —respondió Koremitsu—. Incluso a los sacerdotes, a quienes en cierta medida hay que poner al corriente del secreto, les he contado una larga milonga —y Genji se sintió un poco más tranquilo.
Las Doncellas de honor de su palacio estaban muy desconcertadas: «Primero dice que se ha contaminado y no puede ir a la Corte, y ahora se sienta a susurrar y suspirar». ¿Qué podía significar todo aquello?
—Te ruego una vez más —dijo Genji por fin— que te asegures de que todo se haga como es debido.
Pensaba todo el tiempo en los suntuosos funerales de la Corte de los que había sido testigo (en verdad, no había visto otros) e imaginaba a Koremitsu dirigiendo una complicada sucesión de rituales.
—Haré lo que pueda; no será gran cosa —respondió él y se dispuso a marchar.
De repente, Genji no pudo soportar más la idea de no volver a verla nunca.
—Pensarás que soy muy necio —dijo—, pero voy contigo. Iré a caballo.
—Si así lo deseas —dijo Koremitsu—, no me corresponde a mí llevarte la contraria. Pongámonos en marcha pronto, para que podamos estar de vuelta antes de que acabe la noche.
Así pues, poniéndose el traje de caza y las otras prendas con las que se había disfrazado antes, salió de su habitación.