sentimientos hacia Aoi, pero en su interior no hallaba más que un intenso sufrimiento. De animadversión hacia Aoi no encontraba ni rastro. Aun así, no podía estar segura de si en lo más recóndito de un alma consumida por la angustia se había ocultado alguna chispa de malicia. A lo largo de todos los largos años en los que había amado y sufrido, aunque a menudo le había parecido que no existía en el mundo mayor tormento, su ser entero jamás se había visto tan profundamente magullado y destrozado como en estos últimos días. Todo había comenzado con aquel odioso episodio de los carruajes. Había sido desdeñada, tratada como si no tuviera derecho a existir. Sí, era cierto que desde el Festival de Purificación su mente se había visto azotada por una tempestad de resoluciones tan contradictorias que a veces le parecía haber perdido todo control sobre sus propios pensamientos. Recordaba cómo una noche, de repente, en medio de dudas e indecisiones agonizantes, descubrió que había estado soñando. Le pareció que se encontraba en una amplia y magnífica sala, donde yacía una muchacha a la que reconoció como la princesa Aoi. Agarrándola del brazo, había zarandeado y maltratado a la figura postrada con un estallido de furia brutal que, en su vida consciente, le habría resultado completamente ajeno. Desde entonces había tenido el mismo sueño varias veces. ¡Qué terrible! Parecía entonces que era realmente posible que el espíritu de uno abandonara el cuerpo y estallara en emociones que la mente en vigilia no consentiría. Incluso cuando los actos de alguien son casi irreprochables —reflexionaba—, la gente se deleita con malicia en callar el bien que ha hecho y pregonar todo lo malo. ¡Con qué alegría se abalanzarían sobre una historia como esta! Que el fantasma de un hombre persiga a sus
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CAPÍTULO IX
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