una gran ansiedad por él todos los días. Por eso no fue inmediatamente con él ni lo envió al Palacio.
La hija del carcajero encontró al Emperador todavía despierto. Él, con el pretexto de visitar las macetas frente al Palacio que entonces estaban en plena floración, la esperaba al aire libre, mientras cuatro o cinco damas de confianza conversaban con él.
Por entonces solía examinar mañana y tarde un cuadro de El agravio eterno,5 el texto escrito por Teiji no In,6 con poemas de Ise7 y Tsurayuki,8 ambos en la lengua de Yamato y en la de los hombres de más allá del mar, y la historia de este poema era el tema recurrente de sus conversaciones.
Ahora se volvió hacia el mensajero y le pidió con impaciencia todas sus noticias. Y cuando esta le hubo dado un relato secreto y fiel del triste lugar de donde venía, le entregó la carta de la madre:
«Los graciosos mandatos de Su Majestad los leo con una reverencia más profunda de lo que puedo expresar, pero su sentido ha traído gran oscuridad y confusión a mi mente».
Todo esto, junto con un poema en el que comparaba a su nieto con una flor que ha perdido el árbol que la resguardaba de los grandes vientos, era tan desatinado y estaba tan mal escrito que solo podía tolerarse por venir de la mano de alguien cuya pena aún no había sanado.
Nuevamente el Emperador se esforzó por mantener la compostura en presencia de su mensajero. Pero al imaginarse el momento en que la dama muerta llegó por primera vez a su lado, mil recuerdos lo asaltaron con fuerza, y el recuerdo unido al recuerdo lo arrastró consigo, hasta que se estremeció al pensar cuán absolutamente imperceptibles, cuán ignoradas habían volado todas aquellas horas y días.
Por fin dijo: «Yo también he pensado mucho y con agrado en cómo podría cumplirse con mayor provecho el deseo que dejó tras de sí su