visto en toda su trágica rusticidad, la compasión acabó por imponerse y, a partir de entonces, mantuvo un contacto constante con ella y le demostró toda clase de amabilidades. > Con la esperanza de que abandonara sus lutos, le envió regalos de seda, satén y telas acolchadas. También le mandó paño grueso, como el que usan los ancianos, para que el viejo de la puerta pudiera ir mejor abrigado. De hecho, envió obsequios a todos los habitantes de la finca, desde el más alto hasta el más bajo. Ella no pareció tener objeción alguna en recibir estas donaciones, lo cual, dadas las circunstancias, resultaba muy conveniente, ya que le permitía limitar en su mayor parte su singularísima amistad a buenas obras de esta
También Utsusemi, recordaba, le había parecido poco agraciada cuando la había espiado la tarde de su repentina huida. Pero al menos sabía cómo comportarse, y eso libraba a su sencillez de resultar impertinente.
Era difícil creer que la princesa perteneciera a una clase tan superior a la de Utsusemi. No hacía sino demostrar cuán poco tienen que ver estas cosas con el nacimiento o la posición. Pues en sus ratos de ocio aún lamentaba la pérdida de Utsusemi, y todavía le dolía en lo más hondo haber permitido al final que la inflexible persistencia de ella saliera con la suya.
Y así el año llegó a su fin. Un día, cuando se encontraba en sus aposentos en el Palacio del Emperador, Myōbu fue a verlo. Le gustaba que ella le arreglara el cabello y le hiciera pequeños encargos. No estaba en lo más mínimo enamorado de ella; pero se llevaban muy bien y su conversación le resultaba tan divertida que, incluso cuando ella no tenía obligaciones que cumplir en Palacio, la animaba a ir a visitarlo siempre que tuviera alguna noticia.