Durante días y días la niña había estado en un estado de profunda tristeza, y al no haber probado bocado de nada se había quedado muy delgada, sin dejar de ser por ello encantadoramente bella. Él la miró con ternura y le dijo: > «Ya no debes llorar más. Cuando la gente muere, no hay remedio posible y debemos soportarlo con valor. Pero ahora todo va bien, pues he venido yo en su lugar...» Pero se hacía tarde y no podía quedarse más tiempo. Al volverse para marchar vio que la niña, lejos de encontrar consuelo ante la perspectiva de quedar bajo su cuidado, volvía a llorar amargamente. El Príncipe, derramando a su vez unas cuantas lágrimas, hizo cuanto pudo por consolarla: > «No te aflijas así —le dijo—, hoy o mañana mandaré por ti para que vengas a vivir conmigo», y con eso se marchó. La niña seguía llorando y no se hallaba modo de distraer sus pensamientos. No era desde luego que tuviera ninguna preocupación por su propio
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Capítulo V Murasaki
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