«¿Qué hay del “rocío brillante”?», preguntó usando las palabras que ella había escrito en el abanico. «¡Qué poco sabía de su belleza quien en la penumbra tan solo había dudado y adivinado...!»; así ella respondió al poema de él con voz baja y entrecortada. No tenía por qué haber temido, pues para él, por malos que fueran los versos, le parecieron encantadores. Y en verdad la belleza de su rostro descubierto, revelado de repente para ella en este negro desierto de abandono y ruina, superaba toda hermosura que ella jamás hubiera soñado o imaginado.
«No me extraña que, mientras aún levantaba esta barrera entre nosotros, usted no haya elegido contarme todo lo que anhelaba saber. Pero ahora sería muy poco amable de su parte no decirme su nombre».
«Soy como la hija del pescador en la canción52 —dijo ella—: “No tengo nombre ni hogar”».
Pero, a pesar de todo, aunque no quiso decirle quién era, parecía muy reconfortada de que él le hubiera permitido verlo.
«Haga lo que le plazca al respecto» —dijo Genji por fin—; pero durante un rato estuvo de mal humor. Pronto se reconciliaron; y así transcurrió el día.
Llegó por entonces Koremitsu a los aposentos de ellas con fruta y otros manjares. No quiso entrar, pues temía que Ukon le reprendiera sin piedad por el papel que había desempeñado al concertar el rapto de su ama.
Ahora había llegado a la conclusión de que la Dama debía de poseer unos encantos que él había pasado por alto por completo, pues de otro modo Genji jamás se habría tomado tantas molestias por ella, y se sentía conmovido por su propia magnanimidad al ceder a su señor un premio que bien podría haberse quedado para sí.