Genji se preguntaba si volvería a presentarse jamás una oportunidad semejante. ¿Cómo podría siquiera enviarle cartas? Y al pensar en todas las dificultades que le aguardaban, se sintió muy desanimado.
Chūjō llegó para buscar a su señora. Durante un buen rato él no quiso dejarla ir, y cuando por fin se la entregó, la atrajo de nuevo hacia sí diciendo: «¿Cómo podré enviarte noticias? Pues, señora —dijo alzando la voz para que la criada Chūjō pudiera oír—, un amor como el mío y una crueldad tan despiadada como la vuestra no se han visto jamás en el mundo».
Los pájaros ya cantaban con verdadero entusiasmo. Ella no podía olvidar que no era nadie y que él era un príncipe. Y aun ahora, mientras él la suplicaba con ternura, acudió sin ser llamada a su mente la imagen de su marido, Iyo no Suke, en quien por lo general no pensaba o lo hacía con desdén. De solo pensar que, incluso en un sueño, él pudiera verla ahora, se llenaba de vergüenza y terror.
Ya era de día. Genji la acompañó hasta la puerta divisoria. Dentro y fuera había un trajín de pasos.
Al cerrar la puerta tras ella, le pareció una barrera que lo excluía de toda felicidad. Se vistió y salió al balcón.
Una persiana del ala occidental se alzó apresuradamente. Parecía haber gente detrás que lo observaba. Solo podían verlo vagamente por encima del biombo de la barandilla. Entre ellas había una, tal vez, ¿cuyo corazón latía con fuerza mientras miraba...?