había sido criada en un aislamiento tan rígido del mundo que jamás se le pasó por la cabeza explotar sus encantos de una manera más adulta.
Pronto la situación se volvió insoportable y, aunque sabía que ella se pondría muy disgustada, decidió de un modo u otro salirse con la suya.
Llegó una mañana en que el caballero ya se había levantado y andaba por ahí, pero la joven aún seguía en la cama. Sus asistentes no tenían forma de saber que había ocurrido algo fuera de lo común, pues siempre había sido costumbre de Genji entrar y salir de su habitación como le pluguiera. Dieron por sentado de forma natural que no se sentía bien y la miraban con simpatía cuando Genji llegó cargando un tintero que deslizó tras las cortinas de la cama.
De inmediato se retiró, y las damas también abandonaron la habitación. Al ver que estaba sola, Murasaki levantó lentamente la cabeza. Allí, junto a su almohada, estaba el tintero y, atada a este con una cinta, una nota delgada. Con desgana desató la nota y, al desplegarla, leyó el poema garabateado apresuradamente:
«Demasiado hemos pospuesto esta nueva empresa, quienes noche tras noche hasta ahora hemos yacido solo con una camisa de por medio».