sobre su conciencia por el resto de su vida presente. Pero luego estaba también la vida venidera. ¡Qué terribles castigos le aguardaban! Y mientras el sacerdote hablaba, Genji pensaba en su propia maldad. Qué buena idea sería volverse ermitaño y vivir en un lugar así... Pero de inmediato sus pensamientos se desviaron hacia el hermoso rostro que había visto aquella tarde y, con el anhelo de saber más de ella: —¿Quién vive con usted aquí? —preguntó—. Me interesa saberlo, porque una vez vi este lugar en un sueño y me sorprendió reconocerlo cuando vine hoy. Ante esto, el sacerdote rió: > Su sueño parece haber surgido de repente en la conversación —dijo—, pero me temo que, si continúa con su investigación, sus expectativas se verán tristemente defraudadas. Probablemente nunca haya oído hablar de Azechi no Dainagon, pues murió hace mucho tiempo. Se casó con mi hermana, quien tras su muerte le dio la espalda al mundo. Justo en esa época yo mismo me hallaba en ciertas dificultades y no podía visitar la capital; así que, para hacerse compañía, vino a reunirse conmigo aquí en mi
—He oído que el Dainagon de Aseji tuvo una hija. ¿Es verdad? —dijo Genji al azar—; estoy seguro de que no pensará que hago la pregunta con mala intención... > —Tuvo una hija única que murió hace unos diez años. Su padre siempre había querido presentarla en la Corte. Pero ella no quiso saber nada de eso, y cuando él murió y solo quedaba mi hermana la monja para cuidarla, permitió que una infeliz celestina la presentara al príncipe Hyōbukyō, de quien se convirtió en amante. Su esposa, una