En este momento el sacerdote a quien pertenecía la casa entró en la habitación por el otro lado:
—Ruego a ustedes —dijo—, ¿no se están exponiendo indebidamente? Han elegido un mal día para apostarse tan cerca de la ventana. Acabo de enterarme de que el príncipe Genji ha venido a ver al ermitaño de allí para curarse de unas tercianas. Pero se ha disfrazado con un hábito tan humilde que no lo reconocí, y he estado tan cerca de él todo el día sin ir a presentarle mis respetos.
La monja retrocedió horrorizada: «¡Qué desagradable! Puede incluso que haya pasado y nos haya visto...» y se apresuró a bajar la persiana plegable.
—Me alegra mucho de veras tener la oportunidad de visitar a este príncipe Genji de quien tanto se habla. Dicen que es tan apuesto que incluso los austeros viejos sacerdotes como yo olvidan en su presencia los pecados y las penas de la vida que han abandonado y cobran ánimos para vivir un poco más en un mundo donde habita tanta belleza. Pero ya les contaré todo con detalle...
Antes de que el viejo sacerdote tuviera tiempo de salir de la casa, Genji ya iba de regreso a la ermita. ¡Qué criatura tan encantadora había descubierto! ¡Y qué razón habían tenido sus amigos aquella noche lluviosa cuando le dijeron que, en excursiones extrañas como esta, la belleza bien podía hallarse al acecho en rincones inesperados! ¡Qué deleite haber salido a pasear por casualidad y haber hecho de inmediato un hallazgo tan asombroso! ¿De quién sería esta niña exquisita? Daría lo que fuera por tenerla siempre cerca, por poder acudir a ella en cualquier momento en busca de