parecer demacrado o apagado. Leyó muchos sūtras en voz baja, entre ellos la liturgia a Samantabhadra como Dispensador del Dharmadhātu Samādhi, que recitó con una seriedad más impresionante en su género que la diestra entonación del clérigo profesional. A continuación visitó al recién nacido y halló cierto consuelo en la reflexión de que ella al menos había dejado tras de sí este memorial de su amor. Genji no intentó ir ni siquiera por un día al Nijō-in, sino que permaneció sumido en recuerdos y lamentos sin otra ocupación que la de ordenar misas por su alma. No obstante, se atrevía a escribir unas pocas cartas, entre ellas una a Rokujō. La virgen electa ya estaba al cuidado de los guardias de la puerta y pronto sería trasladada por ellos al Palacio en los Campos. Por consiguiente, Rokujō se excusó en la situación de su hija para no enviar respuesta.137 Estaba tan cansado de la vida y de sus miserias que sopesaba seriamente tomar los votos sacerdotales, y tal vez lo habría hecho de no haber sido por un nuevo lazo que parecía atarle irremediablemente al mundo. Pero un momento, también estaba la muchacha Murasaki, esperándole en el ala de su palacio. ¡Qué infeliz debió de haber sido durante todo este largo tiempo! Aquella noche, tendido por completo a solas entre sus cortinas reales, a pesar de que los guardias hacían sus rondas no muy lejos, se sintió muy solitario y, recordando que «el otoño no es época para yacer a solas», mandó llamar al capellán de voz más dulce de palacio. Su canto mezclado con los sonidos del alba rozaba una belleza casi insoportable. Pero pronto la melancolía del tardío otoño y el murmullo del viento creciente se apoderaron de él, y poco acostumbrado a las noches solitarias, le resultó difícil mantenerse en la cama hasta la mañana. Al mirar hacia afuera, vio que una espesa niebla cubría los arriates del jardín; sin embargo, a pesar de la niebla, era evidente que algo estaba
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CAPÍTULO IX
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