GENJI, el Resplandeciente... Sabía que el portador de tal nombre no podía escapar a un intenso escrutinio y a la censura celosa, y que sus más leves devaneos serían pregonados a la posteridad.
Temiendo, pues, parecer ante las edades venideras como un simple bueno para nada y un frívolo, y sabiendo que (tan maldita es la cháchara de las lenguas de las cotillas) sus actos más secretos podían salir a la luz, se veía obligado a actuar siempre con gran prudencia y a conservar al menos la apariencia externa de respetabilidad.
Así pues, nada verdaderamente romántico le sucedió jamás y Katano no Shōshō18 se habría mofado de su historia.
Mientras aún era Capitán de la Guardia y pasaba la mayor parte del tiempo en el Palacio, sus infrecuentes visitas al Gran Salón19 se tomaban como señal de que alguna pasión secreta había impreso su sello en su corazón. Pero en realidad los amoríos frívolos, banales y directos de sus compañeros no le interesaban lo más mínimo, y era un rasgo curioso de su carácter que, cuando en raras ocasiones, a pesar de toda resistencia, el amor lograba apoderarse de él, siempre se veía envuelto en el enredo más improbable y desesperado.
Era la estación de las largas lluvias. Desde hacía muchos días no había habido un solo momento apacible y la Corte guardaba un riguroso ayuno. La gente del Gran Salón empezaba a impacientarse ante la prolongada estancia de Genji en Palacio, pero los jóvenes señores, que hacían de pajes en la Corte, preferían servir a Genji antes que a cualquier otro, ingeniándoselas siempre para disponer sus ropas y adornos de algún modo nuevo y maravilloso.