Entonces se sentía exactamente como si estuviera descuidando a un hijo propio, cuya madre hubiera muerto y se lo hubiera dejado a su cuidado, y por un momento comenzó a inquietarse acerca de sus excursiones nocturnas.
El sacerdote se desconcertó al saber que Genji se había llevado a Murasaki a vivir con él, pero no vio en ello ningún mal y se alegró de que estuviera tan bien atendida. También se sentía complacido de que Genji le rogara que los oficios en memoria de la difunta monja se celebraran con especial pompa y magnificencia.
Cuando fue al palacio de Fujitsubo, con el deseo ferviente de comprobar por sí mismo si gozaba de buena salud, salió a su encuentro un grupo de damas de compañía (Myōbus, Chūnagons, Nakatsukasas y otras por el estilo) y la propia Fujitsubo dio muestras, para su gran desilusión, de no tener la intención de aparecer. Le dieron buenas noticias sobre ella, lo cual calmó un poco su inquietud, y ya habían pasado a la charla general cuando se anunció que había llegado el príncipe Hyōbukyō102. Genji salió de inmediato para hablar con él. En esta ocasión, Genji lo encontró extremadamente apuesto y había en sus modales una dulzura, una cualidad acariciadora (Genji lo estaba observando con mayor atención de la que creía) lo suficientemente femenina como para que su parentesco con Fujitsubo y Murasaki fuera lo primero que acudiera a la mente de quien lo observaba. Era, por lo tanto, como hermano de la una y padre de la otra que el recién llegado despertó de inmediato un sentimiento de intimidad, y mantuvieron una larga conversación. Hyōbukyō no pudo dejar de notar que Genji lo trataba de pronto con un afecto que nunca antes le había mostrado. Se sintió, como era natural, muy halagado, sin percatarse de que Genji se había convertido ahora, en cierto modo, en su yerno. Se estaba haciendo tarde y Hyōbukyō se disponía a reunirse con su hermana