permiten que este las domine a ellas y, esclavas de la poesía, no pueden resistir la tentación —por muy urgente que sea el asunto que tengan entre manos o por muy inapropiado que sea el momento— de aprovechar alguna feliz alusión que se les haya ocurrido, sino que tienen que volar a sus escritorios y elaborarla hasta convertirla en poema. En los días festivos una mujer así resulta muy molesta. Por ejemplo, en la mañana del Festival del Iris, cuando todos están ocupados preparándose para ir al templo, ella los atormentará hilvanando todos los tópicos antiguos sobre la «raíz sin par»30 o, el noveno día del noveno mes, cuando todos están ocupados ideando algún difícil poema chino que encaje con las rimas impuestas, se pone a hacer metáforas sobre el «rocío en los crisantemos», desviando así nuestra atención del asunto mucho más importante que tenemos entre manos.
En otro momento habríamos encontrado estas composiciones bastante encantadoras; pero al imponérnoslas en momentos inoportunos, cuando no podemos prestarles la debida atención, hace que parezcan peores de lo que realmente son.
Pues en todos los asuntos nos recomendaremos mejor si estudiamos los rostros de los hombres para leer en ellos el «¿Por qué así?» o el «Como gustéis» y no exigimos, sin importar el tiempo ni las circunstancias, un interés y una simpatía que no tienen tiempo de conceder.
«A veces, en verdad, una mujer debe incluso fingir que sabe menos de lo que sabe, o decir solo una parte de lo que le gustaría decir...»
Todo este tiempo Genji, aunque a veces había participado en la conversación, en lo más hondo de su corazón había estado pensando en una sola persona, y cuanto más pensaba, menos lograba hallar el menor rastro de aquellos defectos y excesos que, según habían declarado sus amigos, eran comunes a todas las mujeres.