espíritus zorros a veces intentan embrujar a los hombres. Pero, querida gente, no tenéis nada que temer. He vuelto y no dejaré que tales criaturas os hagan daño». Y dicho esto, apartó a Ukon de la cama de un tirón. «Oh, señor —dijo ella—, me sentí tan extraña y asustada que caí de bruces contra el suelo; y ni os imagináis por lo que debe estar pasando mi pobre señora». «Entonces intenta no aumentar su susto» —dijo Genji, y apartándola a un lado, se inclinó sobre la forma postrada. La muchacha apenas respiraba. La tocó; estaba completamente flácida. No lo reconoció.
Quizás alguna cosa maldita, algún demonio había intentado arrebatarle el espíritu; era tan tímida, tan infantilmente desamparada. El hombre llegó con la vela. Ukon aún estaba demasiado asustada para moverse. Genji colocó un biombo de modo que ocultara la lecho y llamó al hombre hacia sí. Era, por supuesto, contrario al protocolo que este sirviera a Genji en persona y titubeó avergonzado, sin atreverse siquiera a subir al estrado. —Ven aquí —dijo Genji con impaciencia—; usa el sentido