verte. Siempre voy con tanta prisa, yendo y viniendo del Palacio, que, ¿sabes?, nunca he tenido tiempo de oírte tocar. Es una verdadera
—La música de esta índole —respondió—, no le reporta ningún placer a quien no la ha estudiado. ¿Qué pueden importarle tales asuntos a quienes andan todo el día de un lado para otro en la Ciudad de las Cien Torres?81
Hizo que le trajeran el arpa de mesa, pero el corazón le latía con fuerza. ¿Qué impresión causaría su interpretación en esta muchacha? Con timidez, tocó unas cuantas notas. El efecto resultó muy agradable. Es verdad que no era una gran intérprete, pero el instrumento era excepcionalmente bueno y a Genji su ejecución le pareció de lo más grata de escuchar.
Viviendo en este palacio solitario y semirruinoso tras una educación (repleta sin duda de formalidades y restricciones anticuadas) como la que su padre probablemente le había dado, sería en verdad extrañó que su vida no consistiera en su mayor parte en recuerdos y remordimientos.
Este era justo el tipo de lugar que en un viejo cuento se elegiría como escenario para los acontecimientos más románticos. Con la imaginación así agitada, pensó en enviarle un mensaje. Pero tal vez a ella le pareciera aquello demasiado repentino. Por alguna razón se sintió tímido y dudó.
—Parece que se está nublando —dijo la astuta Myōbu, consciente de que Genji se llevaría una impresión mucho más profunda si no oía nada más por el momento.
—Alguien venía a verme —prosiguió—; no debo hacerlo esperar. Tal vez en otra ocasión en que no tenga tanta prisa... Permítame que le cierre la ventana,
y con estas palabras volvió junto a Genji, sin darle a la princesa ningún incentivo para seguir tocando.