tu lado». Ciertamente, la caligrafía le resultaba familiar. Sí, era la de la anciana dama de cámara. Sintió que ya era hora de que ella dejara de lado tales travesuras y respondió desanimándola: «Nuestro no es este día de cita en que, engalanadas y apasionadas, convergen las Ochenta Tribus». Esto dejó desconcertada a la dama, quien replicó: «Ahora me arrepiento amargamente de que para este día engañoso mi cabeza esté adornada de flores; pues solo de nombre es un día de encuentro»*.
Sus carruajes permanecieron uno al lado del otro, pero Genji ni siquiera corrió las cortinillas laterales, lo cual fue una decepción para más de una persona. La magnificencia de su aparición pública de hacía unos pocos días contrastaba en boca de todos con la manera discreta en que ahora se mezclaba con la multitud. Se convenía en que su compañera, quienquiera que fuese, debía de ser sin duda alguna una gran dama. Genji temía que su vecina resultara molesta. Pero, afortunadamente, algunas de sus compañeras tenían más sensatez que