POR mucho que lo intentaba, no lograba disipar la melancolía en que la repentina muerte de Yūgao79 lo había sumido, y aunque ya habían pasado muchos meses, la añoraba con la misma pasión de siempre.
En otros círculos donde había buscado afecto, la frialdad competía con la frialdad y el orgullo con el orgullo. Anhelaba escapar una vez más de las exigencias de aquellas naturalezas apasionadas y temperamentales, y renovar la vida de tierna intimidad que durante un tiempo le había brindado una dicha tan grande.
Pero ¡ay!, jamás volvería a encontrar otra Yūgao. A pesar de su amarga experiencia, seguía imaginando que algún día podría al menos descubrir a alguna hermosa muchacha de origen humilde a la que pudiera ver sin ocultarse, y escuchaba con avidez cualquier insinuación que pudiera ponerlo en una pista prometedora.
Si las perspectivas parecían favorables, continuaba sus indagaciones escribiendo una carta discreta que, como bien sabía por experiencia, rara vez obtenía una respuesta del todo desalentadora. Incluso aquellas que parecían empeñadas en demostrar, por la rígida formalidad de sus respuestas, que anteponían la virtud a la sensibilidad, y que al principio apenas parecían familiarizadas con los usos de la buena sociedad, terminaban cediendo de repente a la intimidad más desenfrenada, la cual se prolongaba hasta que su matrimonio con algún marido vulgar interrumpía la correspondencia.
Hubo momentos vacíos en los que pensó en Utsusemi con añoranza. Y estaba también su compañera; tarde o temprano habría sin duda una oportunidad de enviarle un mensaje inesperado. Si al menos pudiera verla de nuevo como la había visto aquella noche junto al tablero de ajedrez