cabeza!». Y a esto añadió el poema: > «Cuando, enfermo de amor, aun así me puse en pie y dancé con los demás, ¿sabías qué significaba el febril ondear de mi larga manga de baile?». A continuación le recomendaba discreción y prudencia, y así terminaba su carta. Su respuesta demostró que, a pesar de su agitación, no había permanecido del todo insensible a aquello que había fascinado a todos los demás ojos: > «Aunque desde lejos un hombre de China agitaba sus largas mangas de baile, cada uno de sus movimientos llenó mi corazón de
Recibir una carta así de su parte era sin duda una sorpresa. Le encantó que el conocimiento de ella se extendiera incluso a las costumbres cortesanas de una tierra allende los mares. Ya había un tono regio en sus palabras. Sí, ese era el fin al que estaba destinada.
Sonriendo para sus adentros con deleite, extendió la carta ante él, sujetándola con fuerza entre ambas manos como un sacerdote sostiene el libro sagrado, y la contempló durante un largo rato.
El día del festival, los príncipes reales y todos los grandes caballeros de la Corte estuvieron presentes. Incluso el Heredero Aparente acudió con la procesión. Después de que los barcos musicales hubieran navegado alrededor del lago, se sucedieron danza tras danza, tanto coreanas como de las tierras de más allá del mar. Todo el valle resonó con el estruendo de la música y los tambores. El Emperador insistió en tratar la interpretación de Genji en el ensayo como una especie de milagro o presagio religioso, y ordenó que se