tenido la casualidad de no ver ni oír nunca la fatal operación de su espíritu! Tal y como estaban las cosas, por mucho que razonara consigo mismo, dudaba de llegar a borrar jamás la impresión de lo que se le había revelado en aquella espantosa escena.
Tenía la excusa de que aún guardaba un luto riguroso y de que recibir una carta suya la incomodaría en esta etapa de la Purificación de su hija. Pero después de darle muchas vueltas al asunto en su cabeza, decidió que sería desconsiderado no responder a una carta que evidentemente había sido escrita con el único propósito de brindarle placer y, en un papel ligeramente teñido de marrón, escribió:
«Aunque he dejado pasar tantos días, créame que no ha estado ausente de mis pensamientos. Si me resistí a responder a su carta fue porque, de luto como estoy, me repugnaba profanar la santidad que ahora rodea su hogar, y confiaba en que usted sabría comprenderlo. No rumie demasiado sobre lo sucedido; pues “vayamos tarde o temprano, más frágiles son nuestras vidas que las gotas de rocío que cuelgan a la luz de la mañana”. Por ahora, no piense más en ello. Se lo digo porque nos es imposible vernos».