Las damas de Aoi se habían reunido en grupos de dos o tres, y en cada uno de ellos alguna doncella desahogaba sus penas y aflicciones privadas.
«Sin duda, tal como nos dijo su excelencia el ministro, el príncipe Genji vendrá a vernos de vez en cuando, aunque solo sea para ver al niño. Pero, por mi parte, dudo que encuentre mucho consuelo en esas visitas...»
Eso decía una de ellas a sus amigas. Y pronto se sucedieron muchas escenas conmovedoras de despedida entre todas, pues se había decidido que por el momento regresarían cada una a sus hogares.
Mientras tanto, Genji se encontraba con su padre en el Palacio.
«Estás muy delgado de cara —dijo el ex-Emperador tan pronto como lo vio—; me temo que has agotado tus fuerzas con tanta oración y ayuno», y en un estado de la más profunda preocupación comenzó de inmediato a instarle a que tomara toda clase de viandas y licores, mostrando en lo que respecta a su salud y, de hecho, a sus asuntos en general, una solicitud por la cual Genji no pudo menos que sentirse conmovido.
Tarde aquella noche llegó por fin al Nijō-in. Aquí lo encontró todo engalanado y barrido; sus criados y sirvientas lo esperaban en la puerta. Todas las damas de la casa se presentaron de inmediato en sus habitaciones. Parecían haber competido entre sí por lucir más alegres y elegantes, y sus galas contrastaban gratamente con el atuendo sombrío y desolador de las desafortunadas damas que él había dejado atrás en el Gran Salón.