podemos estar seguros de que, si es firme en las virtudes de la tolerancia y la amabilidad, su apariencia exterior no será desagradable sin medida».
«Hay quienes llevan la paciencia demasiado lejos y, fingiendo no notar agravios que claman por reparación, parecen modelos de una fidelidad malentendida. Pero de repente llega un momento en que una persona así ya no puede contenerse más, y dejando tras de sí un poema redactado en un lenguaje lastimoso y calculado para despertar los más dolorosos sentimientos de remordimiento, huye a algún pueblo remoto en las montañas o a una costa desolada, y durante mucho tiempo se pierde todo rastro de ella.
«Cuando yo era un muchacho, las damas de compañía solían contarme tristes historias de este tipo. Nunca dudé de que los sentimientos expresados en ellas fuesen reales, y lloraba copiosamente. Pero ahora empiezo a sospechar que tales dolores son en su mayor parte afectación. Ella ha dejado atrás (esta dama que estamos imaginando) a un esposo que probablemente aún la quiere; se está haciendo muy infeliz y, al desaparecer de este modo, le está causando una ansiedad indescriptible, quizás solo con el ridículo propósito de poner a prueba su cariño.
Luego llega algún amigo admirador exclamando: «¡Qué corazón! ¡Qué profundidad de sentimiento!». Ella se pone más lúgubre que nunca y finalmente ingresa en un convento.
Cuando tomó esta decisión era perfectamente sincera y no tenía la menor intención de volver jamás al mundo.
Entonces, cierta amiga se entera y «Pobre», exclama; «¡en qué agonía mental debió de estar para hacer esto!» y la visita en su celda.
Cuando el marido, que nunca ha dejado de llorar por ella, se entera de en qué se ha convertido, rompe a llorar, y algún criado o vieja nodriza, al ver esto, se apresura a ir al convento con cuentos de la desesperación del marido, y «¡Ay, señora, qué vergüenza, qué vergüenza!».