Aquí le contó la historia de su aventura nocturna. «¡Menudo lío armaste!», y cuando hubo terminado de regañar al muchacho por su incompetencia, comenzó a despotricar contra la irritante mojigatería de la hermana.
El pobre muchacho se sentía muy infeliz, pero no se le ocurría nada que decir en su propia defensa ni en la de su hermana.
—Soy absolutamente desgraciado —dijo Genji—. Es obvio que no se habría comportado como anoche a menos que me aborreciera por completo. Pero al menos podría tener la decencia de enviar respuestas corteses a mis cartas. En fin, supongo que Iyo no Kami es mejor partido...
Así habló, pensando que ella solo deseaba librarse de él. Sin embargo, cuando por fin se acostó a descansar, llevaba el pañuelo de ella oculto bajo sus ropas.
Había puesto al muchacho a su lado y, tras desahogar ampliamente su exasperación, dijo al fin: —Te tengo mucho afecto, pero me temo que en el futuro siempre pensaré en ti en relación con este odioso asunto, y eso pondrá fin a nuestra amistad.
Lo dijo con tanta convicción que el muchacho se sintió muy desamparado.
Descansaron un rato, pero Genji no pudo dormir y al alba mandó a buscar con urgencia su tintero. No escribió una carta propiamente dicha, sino que garabateó en un papel doblado, a modo de ejercicio caligráfico, un poema en el que comparaba el pañuelo que ella había dejado caer en su huida con la delicada muda que la cigarra deja en cualquier orilla bajo un árbol.
El muchacho recogió el papel y se lo metió entre los pliegues de su vestido.