Pronto oyó decir al muchacho: «Voy a dormir en la habitación de la esquina. Qué mala es la luz» y pareció estar arreglando la lámpara. La cama de su hermana parecía estar en el rincón opuesto a la ventana de papel.
—¿Dónde está Chūjō? —llamó ella—. Tengo miedo, me gusta tener a alguien cerca.
—Señora —respondieron varias voces desde la habitación de los sirvientes—, se está bañando en la casa baja. Volverá en seguida.
Cuando todo volvió a quedar en silencio, Genji descorrió el cerrojo y probó la puerta. No estaba trancada por el otro lado. Se encontró en una antesala con un biombo al fondo, más allá del cual parpadeaba una luz. En la penumbra pudo ver cajas de ropa y baúles desparramados en gran desorden. Avanzando silenciosamente entre ellos, entró en la habitación interior de donde habían provenido las voces.
Una figura diminuta yacía allí la cual, para ligero desconcierto de Genji, al oír sus pasos apartó la capa que la cubría, pensando que era la criada a la que había llamado.
«Señora, al oírla llamar a Chūjō35, pensé que ahora podría poner a su servicio la admiración que desde hace mucho tiempo le tengo en secreto».
La dama no lograba comprender nada de aquello y, muerta de miedo, se esforzó por gritar. Pero no salió ningún sonido, pues había enterrado el rostro en las sábanas.
«Por favor, escucha —dijo Genji—. Esta repentina intrusión debe de parecerte por supuesto muy impertinente. Ignoras que durante años he