Para Genji, hasta el ruido de los mazos de las bataneras se había vuelto entrañable a través del recuerdo, y mientras yacía en la cama repetía aquellos versos de Po Chü-i.
El hermano menor aún lo atendía, pero ya no llevaba consigo las cartas que solía traer. Utsusemi pensó que por fin había decidido que su trato hacia él era demasiado hostil como para soportarlo, y se sintió disgustada de que él se sintiera así. De pronto, sin embargo, supo de su enfermedad, y todo su disgusto se tornó en consternación y ansiedad.
Pronto habría de emprender su largo viaje, pero esto no le interesaba mucho; y para ver si Genji la había olvidado por completo, le envió un mensaje diciéndole que no había hallado palabras con las que expresar su dolor al enterarse de la noticia de su enfermedad. Junto con él envió el poema:
«No pedí noticias y tú no preguntaste por qué guardaba silencio; así pasaron los días y seguí sumida en la pena y la zozobra».
Él no la había olvidado, no, ni siquiera en medio de su aflicción; y su respuesta llegó:
«De esta vida, frágil como la caparazón de la utsusemi60, ya estaba cansado, cuando llegó tu palabra y me dio fuerzas para vivir de nuevo».
El poema estaba escrito con mano muy temblorosa y confusa; pero a ella le pareció bellísima la letra y la regocijó que él no hubiera olvidado cómo, a la manera de una cigarra, ella se había despojado de su bufanda. No podía haber daño alguno en este intercambio de recados, pero no tenía la intención de concertar un encuentro. Pensó que al fin incluso él había comprendido que eso no tenía ningún sentido.