A sugerencia de un amigo, se recurrió a diversos métodos drásticos con la esperanza de que aún fuera posible avivar alguna chispa de vida en el cuerpo. Pero pronto se hizo evidente, incluso ante sus reacios ojos, que todo aquello llegaba demasiado tarde, y con el corazón apesadumbrado llevaron el cuerpo a Toribeno. Aquí, en el gran crematorio llano situado más allá de la ciudad, los horrores que tanto habían temido comenzaron con excesiva rapidez. Incluso en este enorme espacio abierto apenas había sitio para las multitudes de dolientes que habían acudido desde todos los grandes palacios de la Ciudad para marchar tras el féretro, ni para las muchedumbres de sacerdotes que, entonando sus liturgias, acudían en masa desde los templos vecinos. El ex-Emperador estuvo representado, por supuesto; al igual que la princesa Kōkiden y el Príncipe Heredero; mientras que muchas otras personas importantes acudieron en persona y se mezclaron con la multitud. Jamás funeral alguno había suscitado una muestra tan universal de interés y simpatía. Su padre no estuvo presente: > «Ahora, en mis años de decadencia, haber perdido a alguien tan joven y fuerte es un golpe demasiado abrumador...» dijo, y ya no pudo contener las lágrimas que se esforzaba por ocultar. Su dolor era desgarrador. Toda la noche continuaron las fúnebres ceremonias, pero al fin solo quedaron unas pocas y tristes cenizas sobre la pira y por la mañana los dolientes regresaron a sus hogares. Era, de hecho, salvo por su suntuosidad, un funeral muy parecido a cualquier otro; pero dio la casualidad de que, salvo en un solo caso, la muerte no se había cruzado aún en el camino de Genji y las escenas
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CAPÍTULO IX
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