que he olvidado cómo obrar mis curaciones. Siento muchísimo de verdad que haya venido desde tan lejos —y, fingiendo estar muy disgustado, miró a Genji, riendo. Pero pronto resultó evidente que era un hombre de gran piedad y sabiduría. Escribió ciertos talismanes y se los administró, y recitó ciertos conjuros.
Para cuando esto hubo terminado, el sol ya había salido, y Genji se alejó un poco de la cueva y miró a su alrededor. Desde el terreno elevado en el que se encontraba, contempló varias ermitas dispersas.
Un sendero sinuoso conducía a una choza que, aunque estaba cercada con la misma maleza pequeña que las demás, tenía una planta más espaciosa, con un agradable callejón techado que se extendía desde ella, y había bosquecillos bien cuidados a su alrededor.
Preguntó de quién era la casa y uno de sus hombres le respondió que cierto abad había estado viviendo allí en retiro durante dos años.
«Lo conozco bien —dijo Genji al oír el nombre del abad—; no me gustaría rencontrarme con él vestido y acompañado como voy. Espero que no se entere...»
Justo entonces, un grupo de niños bien vestidos salió de la casa y comenzó a arrancar flores de las que se usan para la decoración de altares e imágenes sagradas.
«Hay algunas niñas con ellos», dijo uno de los hombres de Genji. «No podemos suponer que Su Reverencia las tenga. ¿Quiénes pueden ser entonces?», y para satisfacer su curiosidad, bajó un poco la colina y los observó.
«Sí, hay algunas muchachas muy bonitas, algunas ya crecidas y otras todavía niñas», volvió a informar.