Llegados a este punto, los visitantes empezaron a llegar.
«Por favor, guarde esto en algún lugar donde no se vea», dijo Genji señalando la chaqueta; «¿quién habría creído que era posible que a uno le regalaran semejante objeto?», y soltó un gemido.
«Ay, ¿por qué se lo habré enseñado?», pensó Myōbu. «El único resultado es que ahora estará enfadado conmigo además de con la princesa», y con el ánimo por los suelos salió sigilosamente de sus aposentos.
Al día siguiente se encontraba de servicio ante el Emperador y, mientras aguardaba con otras damas en la cámara común de las mujeres, Genji se acercó y dijo: «Aquí tiene. La respuesta a la carta de ayer. Me temo que está algo traída por los pelos», y le arrojó una esquela. La curiosidad de las demás damas se despertó vivamente. Genji salió de la estancia tarareando «La dama del monte Mikasa»,91 lo que naturalmente divirtió mucho a Myōbu. Las otras damas querían saber por qué el príncipe se reía para sus adentros. ¿Había acaso alguna broma...? «Oh, no —dijo Myōbu—; creo que solo ha sido que se ha fijado en alguien cuya nariz estaba un poco roja por el frío de la mañana. La canción que tarareaba era desde luego muy apropiada». «Me parece una tontería —dijo una de las damas—. Hoy no hay nadie aquí con la nariz roja. Debe de estar pensando en la dama Sakon o en Higo no Uneme». Estaban completamente desconcertadas. Cuando Myōbu presentó la réplica de Genji, las damas del Palacio Hitachi se congregaron a su