El Ministro de la Derecha era consciente de que su hija menor149 aún suspiraba por el príncipe Genji, y le dijo un día a la princesa Kōkiden: > «Mientras su esposa vivía, estábamos obligados por supuesto a desalentar su amistad con él de todas las maneras posibles. Pero la situación ha cambiado por completo y siento que, tal como están las cosas, habría mucho que ganar con un enlace así». Pero Kōkiden siempre había odiado a Genji y, habiendo dispuesto ella misma que su hermana entrara en Palacio,150 no veía razón alguna por la que este plan debiera abandonarse de repente. De hecho, a partir de ese momento se obstinó en que la muchacha fuera entregada al Emperador y a nadie más. Genji, en verdad, aún conservaba cierta predilección hacia ella; pero aunque le entristecía saber que la había hecho infeliz, no tenía por el momento ningún afecto sobrante que ofrecerle. La vida, había llegado a la conclusión, no era lo suficientemente larga para diversiones y experimentos; de ahí en adelante se concentraría. Además, había recibido una terrible advertencia sobre los peligros que podían acarrear los celos y resentimientos que su anterior forma de vida había conllevado. Pensaba con gran ternura y preocupación en la aflicción de la dama Rokujō; pero le resultaba evidente que debía cuidarse de volver a
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CAPÍTULO IX
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